Rusia 2018
El vigésimoprimer Mundial. La final más controvertida desde 1966: cuatro goles, un VAR debutando, un autogol, un penalti discutido, y un adolescente entrando en la historia.
Hay imágenes que cierran un Mundial mejor que ninguna otra. Y en Rusia 2018, esa imagen es de las más raras que ha dado el fútbol.
15 de julio de 2018. Estadio Luzhniki, Moscú. Final del Mundial. Acabado el partido. Francia, campeona del mundo por segunda vez después de veinte años. La ceremonia de premios. Los jugadores en el podio. La copa Gazzaniga preparada. Y entonces, sobre las cabezas de todos, abriéndose el cielo de Moscú, empieza a caer una tromba de agua bíblica. Lluvia torrencial. Diluvio.
Y, sobre el podio, Vladimir Putin —el presidente ruso, anfitrión del Mundial— protegido por un asistente con un paraguas enorme, mientras todos los demás se empapan. Macron, presidente de Francia, saltando como un niño bajo la lluvia, sonriendo, abrazando jugadores. Modrić, capitán croata, recibiendo el Balón de Oro como mejor jugador del torneo, con la cara descompuesta de tristeza, también empapado. Los jugadores franceses bailando con la copa bajo el agua. La presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kitarović, abrazando llorando a los jugadores croatas con el vestido pegado al cuerpo.
Y Putin. Seco. Bajo su paraguas. Solo él seco. Solo él protegido. Como una metáfora visual perfecta del Mundial que acababa de organizar: un anfitrión en su burbuja blindada, mientras el mundo del fútbol —y el mundo real— se mojaba a su alrededor.
Esta es la historia de Rusia 2018. La de un Mundial brillante deportivamente y polémico políticamente. La del estreno del VAR. La de la irrupción de un chico de 19 años llamado Kylian Mbappé. La de la Croacia más improbable llegando a la primera final de su corta historia como nación. La del segundo título francés, veinte años después del primero. Y la de un anfitrión —Rusia, gobernada por Putin— que organizaba el Mundial cuatro años después de invadir Crimea, dos años después de las acusaciones de manipulación electoral en Estados Unidos, y solo seis años antes de invadir Ucrania.
Lo del fútbol fue espectacular. Lo del contexto, complicado.
El anfitrión más controvertido
Hay que poner las cosas en su sitio.
Cuando la FIFA adjudicó a Rusia el Mundial de 2018 (en la misma votación de diciembre de 2010 en la que adjudicó Qatar 2022 —una doble votación que sigue siendo investigada por corrupción tantos años después—), Rusia parecía una elección normal. Una potencia europea, una candidatura sólida, un mercado importante. Sin más sospechas que las habituales en cualquier proceso de la FIFA.
Pero entre 2010 y 2018 pasaron muchas cosas. En 2014, Rusia anexó Crimea —territorio entonces ucraniano— y fue expulsada del G8 por ello. En 2015, la guerra civil siria entró en una fase compleja con intervención militar rusa. En 2016, agencias de inteligencia estadounidenses acusaron a Rusia de interferir en las elecciones presidenciales que ganó Donald Trump. En 2018, semanas antes del Mundial, el envenenamiento del exespía Skripal en Salisbury (Reino Unido) provocó la expulsión coordinada de diplomáticos rusos por una docena de países occidentales.
El Mundial llegaba en pleno deshielo… al revés. Rusia y Occidente estaban más enfrentados que en cualquier momento desde la Guerra Fría. Y, sin embargo, allí iba a celebrarse el evento deportivo más global del planeta.
Hubo llamadas al boicot que no prosperaron. Ningún país occidental retiró su selección. Los aficionados europeos viajaron en masa a las once ciudades sedes. La FIFA defendió que el deporte y la política no se mezclan —un argumento dudoso que esta serie ha visto refutado sistemáticamente desde 1934—. Y el Mundial se jugó. Con la sombra del Kremlin sobre cada estadio. Con un Putin omnipresente en las gradas. Con las redes propagandísticas rusas exprimiendo cada partido como instrumento de poder blando.
En lo organizativo, hay que decirlo, el Mundial fue impecable. Los aficionados extranjeros volvieron sorprendidos por la hospitalidad rusa, por la limpieza de las ciudades, por la seguridad. La narrativa de Rusia no es tan terrible como te la pintan fue parte del éxito. Y, en cierta forma, eso era exactamente lo que el Kremlin buscaba: que el mundo viera una Rusia amable, organizada, occidental. Una operación de imagen colosal. Funcionó. Hasta que en febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania entera, y todos los aficionados europeos que habían pasado por Moscú en aquel verano se preguntaron si no habían sido cómplices, sin saberlo, de una operación de propaganda mucho mayor.
Pero eso era después. En 2018, lo único que importaba era el fútbol. Y el fútbol fue, en realidad, brillante.
El estreno del VAR
Rusia 2018 fue el primer Mundial con VAR. El sistema de revisión por vídeo que llevaba años discutiéndose y testándose en ligas nacionales, finalmente debutaba en el torneo más importante del fútbol.
El argumento era simple: después de décadas de errores arbitrales decisivos —desde el gol fantasma de Wembley en 1966 hasta el codazo de Tassotti a Luis Enrique en 1994, pasando por las polémicas de Corea 2002—, la tecnología tenía que entrar al fútbol. Las cámaras, las repeticiones, el ojo electrónico. La FIFA, después de décadas de resistencia, cedió. Y el VAR llegó a Rusia 2018.
El estreno fue mixto. Hubo aciertos enormes: penaltis correctamente concedidos que un árbitro humano nunca habría visto, goles validados o anulados correctamente, manos sancionadas con justicia. Pero hubo también las primeras polémicas modernas: revisiones que tomaban demasiado tiempo, decisiones discutibles, la sensación de que el VAR no eliminaba el debate sino que lo trasladaba a un nuevo nivel.
La final misma fue un ejemplo perfecto. Pero llegaremos a eso.
Las sorpresas que cambiaron todo
Rusia 2018 fue, junto con Corea 2002, uno de los Mundiales más sorprendentes de la historia. Y la primera gran sorpresa llegó muy pronto.
Alemania, defensora del título, cayó eliminada en fase de grupos. La Mannschaft de Joachim Löw —la misma que había ganado Brasil 2014, la misma que había construido un proyecto paciente desde 2006— perdió en su debut contra México (1-0), ganó por la mínima a Suecia (2-1 con un golazo agónico de Kroos en el descuento), y volvió a caer 0-2 contra Corea del Sur en el último partido de grupo. Adiós. Eliminada por primera vez en fase de grupos en toda su historia mundialista. Para algunos comentaristas, fue la mayor sorpresa de un Mundial desde la eliminación de Francia en Corea 2002.
Los aficionados coreanos, después del partido contra Alemania, lloraron de alegría. Los jugadores se abrazaban llorando. Para Corea del Sur, derrotar a la campeona del mundo era el momento más alto de su fútbol nacional. Y para Alemania, una humillación parecida a la del Mineirazo —aunque por motivos distintos—. El ciclo Löw, que tan brillante había sido, llegaba a su fin amargo. El técnico seguiría en el cargo unos años más, pero ya marcado.
Argentina también sufrió. La de Messi, con un Sampaoli desorganizado, casi quedó fuera en fase de grupos: perdió contra Croacia 3-0 con un Messi anulado por la prensión de los rivales y empató dos partidos antes de pasar como segunda de grupo por los pelos. En octavos cayó 4-3 contra Francia en uno de los partidos más vibrantes del torneo —del que hablaremos enseguida—. Otra eliminación temprana de Messi. Otra herida en su carrera con la albiceleste. Pasarían cuatro años más hasta su redención.
España, en otra historia complicada, llegó al Mundial con una crisis institucional descomunal: dos días antes del partido inaugural, Julen Lopetegui —el seleccionador— fue despedido por la federación tras anunciar el Real Madrid que lo ficharía después del Mundial sin consultarlo. Fernando Hierro, sin experiencia previa, tomó el banquillo de urgencia. España empató 3-3 con Portugal en un Cristiano-Ronaldo-show (hat-trick del portugués), ganó a Irán 1-0, empató con Marruecos 2-2. Pasó como primera de grupo por los pelos. Y, en octavos, perdió en penaltis contra Rusia, la anfitriona. Otra eliminación temprana. Otra crisis. La generación dorada del 2010 quedaba muy atrás.
Brasil, sin tanto trauma pero también lejos del hexa, cayó en cuartos contra Bélgica. Portugal se fue en octavos. Inglaterra, en cambio, tuvo el mejor Mundial en décadas: llegó a semifinales por primera vez desde Italia 90, dirigida por Gareth Southgate.
El cuadro de Mundial, partido a partido, fue dejando un panorama distinto al esperado.
La Croacia que llegó hasta el final
Y entonces, contra todos los pronósticos, una selección pequeña empezó a sostener su sueño impensable.
Croacia, país de apenas cuatro millones de habitantes, independiente desde 1991 después de la desintegración de Yugoslavia, había hecho un Mundial digno en 1998 (tercer puesto) y otros torneos discretos después. En Rusia 2018, sin embargo, llegó con la generación de su vida: Luka Modrić, mediocampista del Real Madrid, considerado uno de los mejores jugadores del mundo en su puesto; Ivan Rakitić del Barcelona; Mario Mandžukić de la Juventus; Ivan Perišić del Inter; Domagoj Vida y Dejan Lovren atrás. Una columna entera de élite, con experiencia en los grandes clubes europeos. Pero, sobre todo, con Modrić: el cerebro absoluto, el organizador, el alma del equipo.
Croacia ganó su grupo, incluyendo aquel 3-0 a Argentina. Y a partir de ahí entró en la fase de eliminatorias que cambiaría su historia futbolística para siempre. Tres partidos de prórroga seguidos. Tres veces 120 minutos en el campo. Tres veces ganando agónicamente.
Octavos: Croacia 1-1 Dinamarca, victoria en penaltis (Subašić paró tres tiros, hazaña).
Cuartos: Croacia 2-2 Rusia (anfitriona), victoria en penaltis (otra vez Subašić heroico).
Semifinales: Croacia 2-1 Inglaterra después de prórroga, con gol decisivo de Perišić y Mandžukić.
Tres partidos consecutivos llegando al desgaste físico extremo. La fórmula que ningún manual recomienda para llegar fresco a una final. Pero Croacia siguió. Modrić, con sus 32 años, jugando sin parar, dirigiendo, corriendo. Es difícil pensar en un capitán que haya llevado a su equipo tan lejos cargándolo tanto él mismo desde el medio campo.
Croacia llegó a la final con piernas cansadas pero con ilusión total. Era la primera vez que el país pequeño de los Balcanes alcanzaba una final del mundo. Y enfrente: Francia.
El partido de Mbappé contra Argentina
Pero antes de la final, conviene detenerse en un partido. Porque cambió la cara del fútbol para los siguientes diez años.
30 de junio de 2018. Octavos de final. Kazán Arena. Francia 4-3 Argentina. Un partido de los que se ven una vez por década.
Argentina, con Messi en la versión más sufrida de su carrera con la albiceleste, llegaba como favorita por su nombre, no por su fútbol. Sampaoli tenía un equipo descoordinado. Francia, en cambio, dirigida por Didier Deschamps —el capitán campeón del 98—, era joven, veloz, con varios jugadores recién llegados a la élite.
Argentina se adelantó 1-0 con un fenomenal disparo de Di María desde fuera del área. Empató Francia con un autogol forzado por Griezmann. Mercado adelantó a Argentina 2-1. Y entonces, Francia desplegó la cara: tres goles seguidos en la segunda parte. Dos de ellos de un chico de 19 años recién cumplidos que hasta hace pocos meses jugaba en el Mónaco. Y el otro de Pavard, con un disparo desde fuera del área tan espectacular que ganó el premio al mejor gol del torneo.
El chico de 19 años era Kylian Mbappé. Y aquel partido fue su carta de presentación al planeta.
Mbappé no se limitó a marcar dos goles. Mbappé corrió 60 metros con la pelota pegada al pie en la jugada del primer gol francés, dejando defensores argentinos atrás como si estuvieran clavados, hasta que solo Otamendi pudo derribarlo en el área. Penalti, que transformó Griezmann. Pero la jugada en sí —aquella carrera de 60 metros— ya era un momento histórico. Argentina, viéndolo correr, viéndose superada por un adolescente, supo en aquel momento que el fútbol estaba cambiando.
Mbappé marcó dos goles. Le concedieron el premio al Mejor Jugador Joven del torneo. Y, sobre todo, demostró al mundo entero lo que muchos sospechaban: que él era el sucesor lógico de la línea Cristiano-Messi. El próximo gran genio del fútbol global. Su irrupción en aquel partido de octavos contra Argentina es, junto con otros momentos selectos como el Maradona del 86, una de las apariciones más espectaculares de un jugador joven en un Mundial. Una declaración: aquí estoy, soy esto, vais a ver.
Argentina cayó. Messi tuvo que ver desde el césped cómo otro chaval —con 19 años, ocho menos que él en el 86 cuando llegó a Argentina 78 inmaduro— se llevaba el espectáculo. Para Messi, frustración acumulada. Para Mbappé, comienzo de su mito. La historia volverá a juntarlos cuatro años después, en otra final.
La final
15 de julio de 2018. Estadio Luzhniki, Moscú. 78.011 espectadores. Francia contra Croacia.
Francia llegaba descansada, con su mejor jugador desbordando. Croacia llegaba con la ilusión histórica pero con las piernas pesadas tras tres prórrogas seguidas. Era, sobre el papel, una final asimétrica. Y, sin embargo, fue brillante.
Minuto 18. Falta lateral para Francia que muchos consideraron simulación de Griezmann. Centro de Griezmann al área. Mandžukić, intentando despejar de cabeza, marca en propia puerta. 1-0 Francia. El primer gol en propia puerta en una final de Mundial.
Croacia no se vino abajo. Minuto 28. Modrić sacó una falta cerca del área. La pelota fue rechazada al borde. Ivan Perišić recibió, ajustó el cuerpo y disparó cruzado con la zurda. La pelota se metió tocando ligeramente en Varane. 1-1.
Y entonces, minuto 33, llegó el momento que define este Mundial. Córner de Griezmann al área croata. La pelota botó dentro del área. Perišić, intentando despejar, tocó la pelota con el brazo en alto. ¿Mano? Discutible. El árbitro argentino Néstor Pitana no pitó nada inmediatamente. Pero pidió ver el VAR.
Y aquí, primer momento histórico del Mundial: revisión VAR en la final del mundo. Pitana fue a la pantalla. Estuvo varios minutos viendo la repetición. El estadio entero en silencio. Las cámaras enfocando a Pitana de espaldas, gesticulando. Y, finalmente, su decisión: penalti.
Para los franceses, justicia. Para los croatas, robo. Para el mundo entero, debate. ¿Era penalti claro? Las imágenes dejaban margen para la duda: el brazo de Perišić estaba alto, pero la pelota llegaba muy rápido. ¿Era movimiento natural o no? Las opiniones se dividieron entonces y siguen divididas hoy. Pero la decisión fue pitada. Y Griezmann transformó el penalti. 2-1 Francia.
El primer penalti decidido por VAR en una final del mundo. Una marca histórica que el árbitro argentino llevará para siempre. Y un precedente: el VAR había llegado para quedarse.
En la segunda parte, Francia mostró su nivel. Minuto 59: jugada de pase exquisita comenzada por Pogba, conducida por Mbappé, lateral a Griezmann, devolución a Pogba, que primero fue tapado y luego, en el rebote, disparó con la zurda al ángulo. 3-1. Una jugada de equipo perfecta.
Minuto 65: Mbappé, en una contra perfecta, recibió a 25 metros del área. Acomodó el cuerpo y disparó raso, cruzado, con la fuerza precisa. La pelota entró pegada al palo izquierdo. 4-1. Mbappé se convirtió, con 19 años y 207 días, en el primer adolescente en marcar en una final de Mundial desde Pelé en 1958. Sesenta años exactos entre uno y otro. La línea histórica se cerraba con un gesto.
Croacia maquilló en el 69 con un error garrafal de Lloris —el portero francés—, que intentó conducir la pelota cerca de su área, Mandžukić se la robó al rebote y la metió a placer. 4-2. Pero ya era simbólico.
Pitido final. Francia, campeona del mundo por segunda vez. Veinte años después de la primera (París 1998). Didier Deschamps, capitán entonces y entrenador ahora, se convirtió en el tercer hombre en ganar un Mundial como jugador y como técnico, después de Mário Zagallo (Brasil) y Franz Beckenbauer (Alemania). Una rareza histórica.
Los premios
Hubo dos repartos individuales que merecen mención.
Balón de Oro del Mundial: Luka Modrić. Premio al mejor jugador del torneo. Modrić ganó pese a perder la final, reconocimiento merecido por su labor titánica llevando a Croacia hasta donde llegó. Pocos meses después, ganaría también el Balón de Oro de Francia Football, el premio mundial. Fue el primer futbolista en doce años que rompía el dominio Messi-Cristiano (que tenían los Balones de Oro entre 2007 y 2017). Modrić, con 33 años, en una temporada histórica.
Bota de Oro: Harry Kane, capitán de Inglaterra. Seis goles. La mayoría de penalti, lo que generó alguna polémica sobre su mérito real. Pero era el máximo goleador. Y Inglaterra, con él de capitán, había vuelto a creer en sí misma futbolísticamente.
Mejor Jugador Joven: Kylian Mbappé. Cuatro goles en el torneo. Velocidad, descaro, talento. Su consagración mundial.
La lluvia y Putin
Y volvemos al inicio. A la imagen de Putin protegido por el paraguas mientras todos se mojaban.
Era una metáfora demasiado perfecta para ignorarla. El presidente ruso —que llevaba años construyendo una imagen de líder fuerte, controlador, omnipotente— estaba allí seco, en su propio teatro de poder, mientras los demás se empapaban con la lluvia bíblica. Macron, eufórico, presidente de la Francia campeona, saltando bajo el agua. La presidenta croata, Kolinda Grabar-Kitarović, una de las imágenes más bellas del Mundial: abrazando a sus jugadores llorando, totalmente mojada, sin importarle el protocolo, sin paraguas, llorando con ellos. La diferencia entre los dos modelos de liderazgo —Putin protegido en su burbuja, Grabar-Kitarović mezclándose con el pueblo bajo la lluvia— se materializó en aquella ceremonia.
Cuatro años después, en febrero de 2022, Rusia invadiría Ucrania. Aquel Mundial sería revisado retrospectivamente como una operación de imagen del Kremlin antes de su escalada militar. Los aficionados europeos que habían viajado a Moscú aquel verano se preguntarían si habían sido cómplices. La FIFA, criticada. La narrativa de el deporte y la política no se mezclan quedó, otra vez, expuesta como falsa.
Pero esa es historia posterior. En aquel verano de 2018, lo único que veíamos era una final magnífica con el primer VAR de un Mundial, un chico de 19 años marcando en la última final, y Croacia haciendo historia con una de las generaciones más bonitas del fútbol moderno.
Por qué importa Rusia 2018
Por tres razones que conviven.
La primera: porque introdujo el VAR en el fútbol mundial. Después de décadas de errores arbitrales decisivos —el gol fantasma de Wembley, Tassotti, Al-Ghandour, tantos otros—, la tecnología llegó por fin al deporte rey. Y, como cualquier herramienta nueva, generó tanto soluciones como problemas. El VAR no eliminó el debate arbitral, lo trasladó. Pero, en líneas generales, ha reducido los errores más groseros. La final de Rusia 2018, con su penalti pitado tras revisión, marcó el cambio de era. A partir de aquí, cada Mundial vendría con cámaras revisando jugadas. El fútbol entró en su modernidad tecnológica.
La segunda: porque marcó el debut global de una nueva generación. Mbappé, con 19 años, dijo aquí estoy. Modrić, con 33, dijo aún estoy. Harry Kane se consagró como Bota de Oro. Croacia demostró que un país pequeño con buena planificación puede llegar a una final del mundo. El fútbol, como cualquier deporte, se renueva por relevos. Y Rusia 2018 fue uno de esos relevos visibles: una generación tomando el testigo de otra. Cuatro años después, en Qatar, esa misma generación —Mbappé especialmente— estaría en otra final, esta vez frente a Messi. El círculo se completaría.
Y la tercera, más incómoda: porque demostró, una vez más, que el fútbol no puede separarse de la política, por mucho que la FIFA lo intente. Rusia 2018 fue el ejemplo perfecto de cómo un régimen autoritario puede usar el deporte como herramienta de poder blando. Putin organizó un Mundial impecable mientras anexaba Crimea, intervenía en Siria, manipulaba elecciones occidentales. Y el mundo —incluidos los aficionados europeos, incluida la FIFA— miró hacia otro lado. Cuatro años después, Rusia invadió Ucrania entera. Y muchos pensaron, en retrospectiva: deberíamos haber visto lo que se venía. Pero ya era tarde.
Hay una imagen final que cierra este Mundial. No es la de Mbappé marcando ni la de Pogba celebrando ni la de Modrić con el Balón de Oro. Es la de la presidenta croata, Kolinda Grabar-Kitarović, abrazando llorando a sus jugadores derrotados bajo la lluvia, totalmente empapada, sin importarle nada. Cada vez que los políticos saben qué importa de verdad —no el protocolo, no la imagen, sino la humanidad— el fútbol les da una oportunidad de demostrarlo. Y aquella mujer la aprovechó. Lo hizo bien. Pequeño momento universal.
Cuando el 11 de junio empiece el Mundial 2026, otra vez en América, el VAR seguirá ahí. Mbappé, con cuatro años más encima, seguirá ahí (juega ahora en el Real Madrid). Modrić, casi al final de su carrera, tal vez también. Y Croacia, con su generación que ya envejece, intentará repetir el milagro de Rusia. Probablemente no lo conseguirá. Pero la imagen de aquella final, con la lluvia cayendo sobre el Luzhniki, con Putin seco bajo el paraguas y todos los demás mojados, seguirá siendo una de las más fotogénicas del fútbol moderno.
Mañana hablaremos de Qatar 2022. De Messi, finalmente. Del Mundial más controvertido jamás organizado. De la final más épica de toda la historia del fútbol. Y del cierre absoluto de esta serie: la pieza estrella que coincide con el inicio del Mundial 2026.
Pero hoy quedémonos con esa imagen final.
Con la lluvia cayendo sobre Moscú.
Con Macron saltando bajo el agua.
Con Putin seco bajo el paraguas.
Y con Mbappé, 19 años, sabiendo que un Mundial nunca es solo un Mundial.
Que es, también, una entrada definitiva en la leyenda.
Para los que se atreven a marcar el gol que les corresponde.
En la final que les toca.
A la edad que llegan.






Muy buena serie de artículos. Tan solo discrepo en ese Argentina-Francia, el favoritismo era claramente galo, esa Argentina era un milagro sostenida por un Messi que tapaba las carencias tácticas de ese equipo, que eran inmensas. Enhorabuena por esa serie de artículos y el blog en si!