Qatar 2022
El vigésimo segundo Mundial. El último capítulo de esta serie. La final más épica jamás jugada. Y, finalmente, Lionel Messi levantando la copa Gazzaniga sobre su cabeza en Lusail, cerrando el círculo.
Hoy es 11 de junio de 2026.
Es jueves. Empieza el Mundial número 23 de la historia. Estados Unidos, México y Canadá organizan, por primera vez, el primer Mundial de 48 selecciones. En unas horas, en California, en Nueva York, en Ciudad de México, en Toronto, las gradas se llenarán para ver el partido inaugural. Las cámaras enfocarán a futbolistas nuevos —algunos no han nacido todavía cuando esta serie empezó a escribirse— vestidos con camisetas que aún no sabemos cuáles serán las relevantes. Otra historia que empieza. Otro mes de pasión global. Otra entrega del relato eterno del fútbol.
Y yo, hoy, cierro esta serie de 22 artículos que empezó hace casi cuatro semanas con Uruguay 1930.
He decidido hacerlo coincidiendo con el inicio del nuevo Mundial. Es un gesto deliberado. Quería que la última pieza de esta historia se publicara el mismo día en que arrancara la siguiente. Que el final de una conversación con el pasado fuera, al mismo tiempo, el principio de la siguiente conversación con el presente. Las historias del fútbol, como las de la vida, no terminan: se relevan. Se acumulan. Se enredan en cadena, una con la siguiente.
Y de todas las historias que el fútbol nos ha regalado en estos 96 años de Mundiales, no hay ninguna más perfecta para cerrar esta serie que la de Qatar 2022.
Porque Qatar 2022 no es solo un Mundial. Es el cierre de una era. La consagración definitiva del jugador que muchos consideramos el mejor de la historia. La redención de Argentina después de 36 años de espera. La final más épica jamás jugada. El último gran momento de una generación dorada que se despide del fútbol internacional. Y, también, el Mundial más controvertido políticamente desde 1978, organizado por un país acusado de violar sistemáticamente los derechos humanos, con miles de obreros migrantes muertos en la construcción de los estadios. La gloria y el horror, otra vez, juntos. El fútbol entero, condensado en cuatro semanas de Lusail y Doha.
Esta es la historia de Qatar 2022. La de Messi levantando la copa con la sonrisa de quien ya no tiene nada que demostrar. La de Mbappé marcando tres goles en una final y perdiéndola. La de Dibu Martínez convertido en héroe nacional argentino. La de un Mundial en otoño-invierno por primera vez en la historia. Y la del fútbol cerrando, de manera quizás demasiado perfecta, una historia que llevaba decades pidiendo este final.
El Mundial que no debía existir
Conviene empezar por lo incómodo.
Qatar 2022 nunca debía haber sido en Qatar. Cuando la FIFA, en aquella votación de diciembre de 2010 —la misma que adjudicó Rusia 2018—, decidió llevar el Mundial al pequeño emirato del Golfo Pérsico, el mundo del fútbol se quedó atónito. Qatar tenía 2,9 millones de habitantes. No tenía tradición futbolística reconocible. Su clima en verano —cuando se juegan tradicionalmente los Mundiales— alcanza los 50 grados centígrados. No tenía estadios construidos. No tenía liga importante. No tenía nada de lo que un país necesita para organizar un torneo de esta magnitud.
Pero tenía algo más importante: dinero. Y aparentemente, según las múltiples investigaciones que vendrían después, los sobornos correctos a los directivos de la FIFA. Sepp Blatter, presidente de la FIFA en aquel momento, presidiría una votación que más tarde admitiría que había sido un error. Pero el daño estaba hecho.
Qatar dedicó más de 200.000 millones de dólares a preparar el Mundial. Diez veces más que cualquier otro anfitrión en la historia. Construyó ocho estadios de cero, varios de ellos con sistemas de aire acondicionado al aire libre —tecnología que casi no había existido antes—. Construyó un sistema de metro entero en Doha. Creó hoteles, carreteras, infraestructura turística completa.
Y, sobre todo, contrató mano de obra migrante en condiciones que rozaban la esclavitud moderna. La mayoría procedente de India, Pakistán, Bangladés, Nepal, Filipinas. Confiscación de pasaportes. Salarios miserables. Jornadas de doce horas bajo temperaturas extremas. Vivían hacinados en barracones. Y, según las cifras conservadoras (las reales fueron probablemente mayores), miles de obreros murieron durante los doce años de construcción. The Guardian publicó, antes del Mundial, un reportaje devastador con datos: más de 6.500 muertes de trabajadores migrantes durante las obras. Qatar negó las cifras. La FIFA miró hacia otro lado. Los Mundialistas viajaron igualmente.
Hubo, además, otros aspectos polémicos. La homosexualidad es ilegal en Qatar y se castiga con penas de cárcel. Varios jugadores europeos quisieron protestar llevando brazaletes arcoíris durante los partidos. La FIFA los prohibió bajo amenaza de tarjetas amarillas. Las protestas fracasaron. Los derechos de las mujeres, restringidos. La libertad de prensa, también. Aficionados extranjeros fueron arrestados o expulsados por mostrar banderas LGTBI. Era el Mundial menos libre del siglo XXI.
Y, sin embargo, allí se jugó. Y allí ocurrió lo que probablemente fue la final más conmovedora de toda la historia del fútbol. Las contradicciones del deporte rey, otra vez. Como en Argentina 78, como en Rusia 2018. El fútbol coexistiendo con violaciones de derechos humanos. La gloria y el horror, una vez más, en la misma habitación.
Para colmo, la FIFA tuvo que cambiar las fechas del torneo. Por primera vez en la historia, un Mundial se jugó en noviembre y diciembre, no en junio y julio. El calor catarí en verano hacía físicamente imposible jugar fútbol al aire libre. Los aficionados europeos vivieron el Mundial con frío en sus casas. Los calendarios de las ligas nacionales se vieron seriamente afectados. Una rareza que no se repetirá, probablemente, en muchas décadas.
La derrota inaugural
Argentina llegó al Mundial como uno de los favoritos. Liderada por Lionel Messi en su quinto Mundial (y, decía él, último), había ganado la Copa América de 2021 —el primer título de Messi con su selección, después de tres finales perdidas— y la Finalissima de 2022 contra Italia. El equipo, dirigido por Lionel Scaloni, llegaba con una racha de 36 partidos invicto. Era el favorito junto con Brasil y Francia.
El 22 de noviembre de 2022, en el primer partido, Argentina se enfrentaba a Arabia Saudí en el estadio Lusail.
Yo lo veía con todos los nervios acumulados de las eliminaciones de Messi con la albiceleste: 2006 (cuartos), 2010 (cuartos), 2014 (subcampeón sin tocar la copa), 2018 (octavos). Cuatro Mundiales perdidos. Cuatro fracasos. Y este era el último.
Argentina se adelantó 1-0 con un penalti transformado por Messi. Era el 26º partido de Messi en un Mundial, récord absoluto en la historia masculina. Pero, inexplicablemente, en la segunda parte, Arabia Saudí marcó dos goles. Saleh Al-Shehri en el 48. Salem Al-Dawsari, una volea espectacular, en el 53.
Arabia Saudí 2 — Argentina 1.
Otra vez. Otra vez Messi siendo Messi en Argentina. Otra vez la maldición. Otra vez el primer partido perdido contra el rival más débil. La crítica argentina enloqueció. Las redes sociales se llenaron de memes catastrofistas. Otra vez no, pensábamos los aficionados sudamericanos y los simpatizantes desde España. Esta es la última oportunidad de Messi. No puede ser.
Pero Messi, después del partido, sí que pudo. Habló con calma a su vestuario. Recordó a sus compañeros que tenían dos partidos más para clasificar. Que no era el final. Que solo era una piedra más en el camino.
Y entonces, Argentina ganó seis partidos seguidos. México 2-0 (con un golazo de Messi). Polonia 2-0. Australia 2-1 en octavos. Holanda 4-3 en penaltis tras prórroga en los cuartos más tensos del torneo. Croacia 3-0 en semifinales con dos asistencias mágicas de Messi a Julián Álvarez. Y, finalmente, la final contra Francia.
La final
18 de diciembre de 2022. Estadio Lusail, Doha. 88.966 espectadores. Argentina contra Francia. Messi contra Mbappé. Una final que sobre el papel parecía equilibrada y que terminó siendo, en cualquier criterio, la final más épica jamás jugada en la historia del fútbol.
Yo la vi en mi salón de Madrid, con 39 años. Con la mujer al lado, con los amigos conectados por WhatsApp. Con la sensación física de que iba a presenciar algo histórico, sin saber todavía qué. La hora de Doha desplazada de la nuestra, las tres de la tarde española.
Y empezó con autoridad argentina absoluta.
Minuto 23. Falta sobre Di María en el área francesa, después de una jugada en la que Dembélé lo derribó descaradamente. Penalti. Messi se acerca al punto fatídico. Engaña a Lloris. 1-0 Argentina. Con ese gol, Messi se convertía en el primer jugador en marcar en cada ronda eliminatoria de un solo Mundial (octavos, cuartos, semifinales y final). Récord histórico.
Minuto 36. Argentina ataca con una jugada espectacular. Messi recibe en el centro, conduce, deja a Mac Allister. Mac Allister filtra a Álvarez. Álvarez le devuelve a Di María. Di María, abriendo el espacio con una conducción larga, cruza el balón al fondo. 2-0 Argentina. Una jugada de cinco pases que parecía coreografiada. Era el sueño de cualquier técnico futbolístico: la mejor cara de aquella Argentina. Di María, recuperado de lesiones recientes, dejaba su firma en una final del mundo.
Al descanso, 2-0 Argentina. Aplausos. Sonrisas. Pero también el recordatorio: nos quedaban 45 minutos. Y enfrente seguía Francia.
Y entonces, en la segunda parte, algo cambió.
Argentina, conservadora, dejó de presionar. Francia, despertando del letargo, empezó a tener la pelota. Didier Deschamps hizo cambios. Y a partir del minuto 70, los argentinos sentimos por primera vez ese gusanito conocido: cuidado, esto no está cerrado.
Minuto 80. Falta lateral francesa. La pelota llega a Kingsley Coman, que entra al área y es derribado por Di María. Penalti. Mbappé se acerca al punto. Picada cruzada. 2-1.
Minuto 81. Uno minuto después. Apenas pasaron noventa segundos. Mbappé recibe una pared con Thuram en el borde del área argentina. Engancha un disparo perfecto. 2-2.
Dos goles de Mbappé en noventa segundos. Mi salón, mi WhatsApp, mi cabeza: todos en pánico. Esto no puede ser. Otra vez. Otra vez Argentina perdiendo lo que tenía ganado. Otra vez Messi sin Mundial. La sensación de catástrofe inminente.
Prórroga. Y aquí, otra vez, lo épico.
Minuto 108. Lautaro Martínez, recién entrado, dispara al palo. La pelota rebota. Messi llega y la empuja a la red. 3-2 Argentina. Locura colectiva. La copa, otra vez, parecía suya.
Minuto 118. Sólo dos minutos para el pitido final. Mac Allister tira un balón largo a Mbappé. Montiel intenta despejar, lo toca con el brazo. Penalti. Mbappé otra vez. Calmo, frío, irreal. 3-3. La pelota dentro. Mbappé acababa de hacer un hat-trick en una final del Mundial, hazaña que solo había logrado Geoff Hurst en Wembley 1966. Y, aún más impresionante, mientras lo hacía, su equipo iba perdiendo.
Pitido final de la prórroga. 3-3. A los penaltis.
Los penaltis
Antes de los penaltis, hubo un detalle clave que pocos vieron. En el último minuto de la prórroga, Kolo Muani —recién entrado— se quedó solo frente a Dibu Martínez, el portero argentino. Estaba a un metro de marcar el 4-3 que sentenciaría el Mundial para Francia. Y Dibu, con una de las paradas más milagrosas jamás vistas, le sacó la pelota con el pie izquierdo. Si esa entra, no hay penaltis. No hay historia. No hay Mundial para Messi.
Pero Dibu la sacó.
Y llegamos a los penaltis. Mbappé marcó el primero de Francia. 1-0. Messi marcó el primero de Argentina, con la calma absoluta del genio. 1-1.
Y entonces, Coman —el segundo francés— fue parado por Dibu Martínez. Locura argentina. 1-2 Argentina. Argentina pasaba adelante. Tchouameni, el tercero francés, falló su tiro. 1-3 Argentina. La copa se acercaba.
Argentina marcó todos los suyos. Paredes, Dybala, Leandro Paredes, todos transformaron. Y el último, Gonzalo Montiel, el lateral derecho, levantó el balón en el punto de penalti. La cámara enfocó a Messi en la zona de los suplentes. Las manos en la cintura. La cara casi infantil. Vamos, Gonzalo. Vamos.
Montiel disparó. La pelota entró pegada al palo.
Argentina, campeona del mundo por tercera vez. Después de 36 años de espera. Messi, por fin.
Lo que pasó después
Lo que pasó en los minutos siguientes no se puede contar del todo, porque no se puede contar lo que se vive una sola vez en la historia.
Messi corrió hacia sus compañeros. Los abrazó. Cayó al césped llorando. Sus compañeros lo levantaron a hombros. Lo pasearon por todo el Lusail. La cara de Messi —35 años, cuatro Mundiales perdidos, criticadísimo en Argentina durante años— era la de un niño finalmente liberado del peso de toda una vida. La cara de quien se permitió creer, por fin, que lo había conseguido.
En la ceremonia de premios, el emir de Qatar le puso a Messi un bisht —la capa tradicional árabe negra con bordados dorados— sobre su camiseta. Algunos criticaron el gesto como apropiación cultural forzada por parte del anfitrión. Pero las imágenes son de las más célebres del fútbol moderno: Messi levantando la copa Gazzaniga con el bisht negro sobre los hombros, sobre los suyos los compañeros, todos llorando, todos abrazados. La copa que llevaba 36 años esperando, finalmente en sus manos.
Y al otro lado del podio, Mbappé. Bota de Oro con 8 goles. Hat-trick en la final. Mejor jugador del Mundial, pero perdedor. Sin copa. Caminó solo —como Zidane en 2006— hacia los vestuarios, después de recibir el premio individual. Macron, en la tribuna, intentó consolarlo con un abrazo. Mbappé, frío, casi sin reaccionar. Aquella final perdida le marcaría profundamente.
Las imágenes que recorrieron el mundo: Messi levantando la copa. Messi sobre los hombros de Kun Agüero. Messi besando la copa. Messi tirado en el césped llorando. Los argentinos en las calles de Buenos Aires —según las estimaciones, cinco millones de personas salieron al Obelisco esa noche— celebrando la copa más esperada de la historia del país.
En España, en Madrid, en mi salón, lloramos también. Quien siga el fútbol con corazón no podía no llorar viendo aquello. Messi se merecía la copa. Argentina se la merecía. Y el fútbol, finalmente, había cumplido la promesa que llevaba décadas haciéndonos a quienes lo amábamos: que las historias de redención existen. Que el genio, si insiste, eventualmente recibe lo que le corresponde. Que la espera, aunque sea larguísima, a veces termina como debe terminar.
Argentina
Para Argentina, aquella noche fue lo que Sudáfrica 2010 fue para nosotros, los españoles. La copa que llevaba décadas esperando. La copa que nadie creía ya que llegaría. La copa que justificaba años de frustración acumulada.
36 años desde México 1986. 36 años entre la copa de Maradona y la de Messi. Dos generaciones argentinas habían crecido sin ver a su selección levantar la copa Gazzaniga. Dos generaciones de chicos argentinos habían aprendido a querer al fútbol desde el dolor, como nosotros en España antes de 2010.
Y entonces, en Qatar, una sola noche, todo el sufrimiento acumulado se borró. La generación de Maradona y la de Messi se daban la mano simbólicamente. Maradona, que había muerto en noviembre de 2020 —dos años antes de Qatar—, no pudo ver el triunfo. Pero estuvo presente de muchas formas: en la camiseta de Messi (siempre tuvo el 10 dedicado al Diego), en los homenajes, en los recuerdos. La copa de Messi era también, simbólicamente, la copa que Diego le había deseado y que nunca pudo ver levantar a su sucesor.
El último Messi
Tras la final, Messi anunció que jugaría algunos partidos más con la selección pero que probablemente este sería su último Mundial.
Hizo bien en cumplir lo de “probablemente” sin afirmar. Porque, a sus 35 años entonces, era razonable pensar que no llegaría a 2026. Pero aquí estamos. Hoy, 11 de junio de 2026. Y Messi —ya con casi 39 años, jugando en el Inter Miami— está convocado con Argentina para este Mundial que arranca. No será el protagonista absoluto como en Qatar. Pero estará. Y eso ya es regalo suficiente.
Quizás, en alguna ronda eliminatoria, marque algún gol. Quizás dé alguna asistencia. Quizás juegue de mediapunta retrasado, conservando energías. Quizás solo entre desde el banquillo en algunos partidos. Pero estará. Y el fútbol, que es injusto en tantas cosas, en esto al menos ha sido generoso: nos permite ver a Messi por última vez —ahora sí, sin discusión, último Mundial— en el escenario más grande.
Las viñetas
Más allá de la final, Qatar 2022 dejó otras historias importantes.
Marruecos se convirtió en la primera selección africana en alcanzar semifinales en la historia de un Mundial. Una hazaña enorme. Walid Regragui, el técnico, condujo a sus jugadores eliminando a Bélgica, a España (en octavos, en penaltis, otra eliminación de los nuestros), a Portugal. Perdió en semis contra Francia. Pero terminó cuarto —puesto histórico para una selección árabe y africana—. Las celebraciones en Marrakech, en Casablanca, en Rabat, en Madrid (con su gran comunidad marroquí), fueron impresionantes.
Croacia —otra vez— llegó hasta semifinales. Modrić, con 37 años, todavía rindiendo. Perdió contra Argentina por 3-0 en una semifinal donde dos asistencias de Messi a Álvarez fueron de lo más bello del torneo. Croacia terminó tercera. Otro Mundial brillante.
Brasil, con Neymar al frente, cayó en cuartos contra Croacia en penaltis tras un partido épico. Otra decepción para los pentacampeones, que ya llevan desde 2002 sin levantar la copa.
España, dirigida por Luis Enrique (el del codazo de Tassotti, ahora seleccionador), cayó en octavos contra Marruecos en penaltis. Otra eliminación temprana. Pero la generación que vendría —Yamal, Pedri, Gavi— prometía. Cuatro años después, podría haber otra historia.
Cristiano Ronaldo, jugando su quinto Mundial con Portugal, vivió el más doloroso de los cinco. Suplente en algunos partidos. Eliminado en cuartos contra Marruecos. Su última oportunidad de copa del mundo se le escapaba sin gloria. La contraparte de la historia de Messi: el rival eterno, sin el cierre feliz.
Por qué importa Qatar 2022
Por al menos tres razones que se entrelazan.
La primera: porque consagró a Messi como el mejor jugador de la historia. Esa frase, durante años, había sido discutida. Maradona o Messi. Pelé o Messi. Hasta Qatar, el argumento contra Messi era el mismo: nunca ganó un Mundial. La copa de Qatar borró ese argumento. Y, después de eso, el debate prácticamente terminó. Messi ha ganado todo: ocho Balones de Oro (récord absoluto), múltiples Champions, Ligas, Copas de América, una Finalissima, y un Mundial. Ningún otro futbolista ha ganado tanto en su carrera. Su grandeza, ahora, no es discutible. Es de los que ya no se discuten. Es Messi. Punto.
La segunda: porque demostró que el fútbol puede regalar finales que ya no se vuelven a ver. La final de Qatar 2022 no es como otras finales. Es la final. La que se contará dentro de 50 años como referencia. La que tiene más drama, más giros, más emoción, más belleza que cualquier otra final mundial. Tres goles cada equipo en 120 minutos. Un hat-trick perdiendo. Un Messi cumpliendo el destino. Un Dibu Martínez heroico. Una ceremonia con bisht y lágrimas. Cinco millones de argentinos en el Obelisco. Cada elemento de la final podría haber sido por sí mismo histórico. Juntos forman algo casi irrepetible. El fútbol, cada cuatro años, nos sorprende. Pero a veces, una sola vez por generación, nos regala algo que va más allá de la sorpresa: nos regala lo perfecto.
Y la tercera: porque cerró un ciclo histórico. Brasil 1970 fue el mejor equipo. Maradona 86 fue el mejor jugador. Sudáfrica 2010 fue, para nosotros los españoles, el cierre del trauma. Y Qatar 2022 fue el cierre de la era moderna del fútbol: la era de la dualidad Messi-Cristiano, la era del 4-3-3 ofensivo nacido en el Barcelona de Guardiola, la era de los grandes campeonatos europeos como motor económico del fútbol global. Lo que viene a partir de 2026 será otra cosa. Otra generación. Otros nombres. Otros sistemas. Quizás incluso otra geografía: hoy mismo el Mundial arranca con 48 selecciones por primera vez. La FIFA expande, el fútbol cambia, los protagonistas se relevan. Pero la era anterior —la que nos dio Messi, Cristiano, Iniesta, Xavi, Zidane, los Bleus de 1998, el tiki-taka, los penaltis del 2002, los goles de Carlos Alberto— se cerró en Lusail, el 18 de diciembre de 2022, cuando Messi levantó la copa con el bisht sobre los hombros.
A partir de aquí, todo lo que venga será nuevo capítulo.
El cierre de esta serie
Cuando empecé esta serie hace casi un mes, con Uruguay 1930, sabía que la iba a cerrar hoy. Sabía que el último artículo coincidiría con el inicio del Mundial 2026. Era el guion deliberado: empezar con el primer Mundial de la historia y cerrar con el último publicado, en el momento exacto en que arranca el siguiente.
Ha sido un viaje extraordinario. He vuelto a ver, a estudiar, a contar, los Mundiales que vi de niño (USA 94, Francia 98), los que vi de joven (Corea 2002, Alemania 2006), los que viví con la madurez del aficionado (Sudáfrica 2010, Qatar 2022), y los que solo conocía por relatos —los anteriores a mi nacimiento, todos los Mundiales de la era pre-Maradona—. He aprendido más sobre el fútbol en estas cuatro semanas de escritura que en años de seguirlo como aficionado. He llorado con Pelé jurando no volver. He sufrido con Cruyff perdiendo la final de Múnich. He rabiado con los confeti del Monumental tapando lo que tapaban. He gritado con Maradona regateando ingleses. He aplaudido con Zidane caminando hacia el vestuario. He celebrado con Iniesta y la camiseta de Dani Jarque. Y, finalmente, he llorado con Messi cumpliendo la promesa.
Y ahora, llegado el momento, no me queda más que despedirme.
Esta serie ha sido un acto de amor al fútbol. A su historia. A los hombres y mujeres que lo han jugado, narrado, sufrido, celebrado. A los aficionados —como tú, lector de cortitayalpie— que entienden que ver un partido de fútbol no es solo ver veintidós tipos detrás de una pelota. Es ver memoria colectiva. Es ver política, sociedad, identidad nacional, individualidad genial. Es ver, en el mejor de los casos, lo que el ser humano puede hacer cuando se atreve a soñar en colectivo.
Hoy empieza el Mundial 2026. Habrá otro genio que aparecerá inesperadamente. Otra final eterna. Otro Mineirazo o Maracanazo o gol de Iniesta que nadie esperaba. Otros aficionados llorando en sus salones por motivos que aún no podemos imaginar. Habrá historia, en una palabra. Habrá fútbol.
Y allí estaré yo, en mi salón de Madrid, viendo cada partido. Tomando notas. Pensando, sin querer, en cuál de los protagonistas de hoy se convertirá en parte de la próxima serie cuando llegue 2030.
Pero, sobre todo, gozando del momento. Como debe gozarse un Mundial.
Hay una imagen final con la que cerrar todo esto.
Es Lionel Messi en el Lusail, después del pitido final. Tirado en el césped, llorando. Sus compañeros corriendo hacia él. La copa Gazzaniga esperando a unos metros. El estadio entero —argentinos, sauditas, europeos, todos— aplaudiendo. La promesa cumplida. La maldición rota. El destino, finalmente, generoso.
Por encima de Messi, el cielo nocturno de Doha. Por debajo, el césped del Lusail. Y en él, un genio argentino de 35 años, alcanzando lo que llevaba toda la vida persiguiendo. Llorando como un niño. Como nosotros también lloramos, al verlo. Como llorará el aficionado que reconozca en la imagen el momento exacto en que el fútbol, una vez más, cumplió la promesa que nos hace cada cuatro años.
Cuando hoy empiece el Mundial 2026, otra promesa se abrirá. Otro genio, quizás todavía no nacido o todavía no descubierto, empezará a escribir el camino que ya hemos visto recorrer a Maradona, a Pelé, a Zidane, a Iniesta, a Messi. Y nosotros, los aficionados, volveremos a poner el corazón en el balón. Sin saber si nos lo va a romper o nos lo va a hacer estallar de alegría.
Eso es lo bonito.
Eso es lo que nos hace volver, cada cuatro años, a la pantalla.
A querer.
Una vez más.
Para siempre.
FIN DE LA SERIE.
Gracias por leerme estas cuatro semanas. Esta serie ha sido lo más grande que he escrito jamás. Que disfruten del Mundial 2026 tanto como yo he disfrutado contándoles los anteriores. Hasta la próxima.
— Juanjo Montero, 11 de junio de 2026, Madrid.
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